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NUEVO!
El libro de poesia - "PELEGRINO"
TRANSPARENCIA SUMA
Quizá, hablar de lo espiritual en poesía resulte algo tautológico
desde el momento en que entendemos que el logro de la expresividad
es trascender, sea en el nivel que sea, el mero estar vegetal de la
conciencia. Del mismo modo la poesía no puede librarse totalmente
de su dramatismo, de su estado tensivo, por mucho que recurra a la
explosión tipográfica dadaísta o a la aleatoriedad del versículo automático
superrealista. Cierto que un poema no es un aforismo, ni un mandamiento
ni un panfleto: tal preceptiva significaría la militarización o la
disolución de la poesía. Pero sobreentendiendo la complicidad de géneros
y formatos, los poetas de todas las épocas y estilos han aprovechado
tales continentes para la circulación de sus productos literarios.
Tanto los poemas morales de un Quevedo, como los teosóficos de un
Blake no emanan mera y sumisamente de una doctrina, sino que estetizan
y dinamizan esta, en todo caso, con la plástica de las palabras. Y
ni tan si quiera, pues la ideología sirve únicamente como soporte
macrocósmico del poema, como excusa filosófica para el despliegue
creativo que lo que quiere es verse materializado en monumento verbal.
De este modo las servidumbres doctrinales quedan sublimadas y el poema,
al amparo teatral de una teoría que utiliza como mero vehículo estético
llega a nosotros, en definitiva, como tal, como producto estético.
Es así como lo ubicamos lingüística e históricamente.
Decir que la poesía que escribe Elena Liliana Popescu es espiritualista
quizá venga a reñirse con la afirmación más originaria que la define
como simplemente espiritual. En el primer caso estaríamos hablando
de una tendencia, de una aspiración, tan sólo de un estilo; en el
segundo de una conciencia que ha llegado a sí, de lo sustantivo, de
la realidad de una experiencia.
Antes que confinemos la obra de Elena Liliana Popescu como mera poesía
testimonial, convendría contextualizar lo que pueda parecernos la
previsibilidad de su mensaje.
El que su autora se dedique profesionalmente a la enseñanza universitaria
de matemáticas, es el matiz que baña de contraste la imagen que pudiéramos
haber despachado demasiado pronto con la lectura de los primeros versos.
Sabemos que la división entre ciencias y letras obedece a la imposición
dualista con que el racionalismo moderno ha estructurado el saber,
y que ha producido una larga serie de parejas semánticamente opuestas
pero inseparables a lo largo de siglos de pensamiento: profundo-superficial,
cuerpo-alma, razón-intuición, idealismo-realismo, interior-exterior,
etc...
Pero la relación entre mística y matemáticas es antigua, y los pitagóricos
son, quizá, el ejemplo más destacado y conocido de ello.
Si las matemáticas revelan un orden en el universo de complejidad
creciente, no pueden sino convertirse en el instrumento corroborador
por excelencia del dinamismo divino y de la realidad formal de sus
creaciones. Hablamos de las leyes de la geometría, por ejemplo, pero
también de la geometría hermética de los alquimistas. Recordemos el
arrobo de un Pascal ante las propiedades de los números. El Número
es concepto esotérico.
En realidad nada más místico que la razón misma, es decir, la Razón,
y no la pequeña razón racionalista, tecnológica y pragmatista que
en delirios cuantificadores se hace un diamantino féretro con su propia
lucidez.
Con toda probabilidad esto es lo que la Elena Liliana Popescu poeta
aprovecha de la Elena Liliana Popescu científica: el conocimiento
de la realidad positiva, matemática de una harmonía en la naturaleza.
Y la idea de harmonía sugiere las de orden y unidad, motivos básicos
en su poesía. Orden moral del yo que criba pensamientos y sentimientos
precisamente a la búsqueda de la unidad rota, la ansiada aspiración.
"Más allá de las nubes, hacia ti", dice Popescu en el poema
dedicado a su padre, hacia "la tierra natal", indicando
que tras la vida nos espera la plenitud personal del encuentro con
los orígenes. Encuentro que no supone la eclosión de míticas fabulaciones
sino que alude al descubrimiento de nuestra propia y sagrada intimidad.
En tal proceso no hay que olvidar la esperanza - Una sola resurrección
salva a la humanidad - como tampoco el esfuerzo mismo que uno deba
emplear: la redención depende de nuestra voluntad, de nuestra capacidad
para sufrir la autotransformación. Nuestra alma es la gran dimensión
desconocida que debemos abordar. Para llegar a ella lo óptimo es hacerse
catárticamente transparente. Así es la poesía de Popescu, sencilla,
cordial, tan limpia de grosores metafóricos que casi diríamos exenta
de literatura, es decir, de artificio, porque lo que se nota sobre
todo en su poesía es la voz de la poeta dialogando con el lector sin
potenciar más allá el verbo. Ahora bien, la poesía también es lenguaje.
Afortunadamente la sincera espiritualidad de Elena Liliana Popescu
prevalece en su poesía sobre el discurso, llamándonos a efectuar sin
exabruptos, en un discurrir interno nuevo, la transparencia suma.
José María Piñeiro
Pueden leer la epílogo. |